La imposibilidad de llorar y la esperanza de un Dios que aún no llega

 


 



 

Introducción: Quentin Meillassoux, el filósofo que desafía los límites del pensamiento

 

Quentin Meillassoux es uno de esos filósofos que no se conforma con repetir lo que otros ya han dicho. Nacido en París en 1967, formado en la prestigiosa École Normale Supérieure, este pensador francés ha sacudido los cimientos de la filosofía contemporánea con ideas que, como él mismo reconoce, resultan incómodas, extrañas y, sobre todo, profundamente originales. Su obra más conocida, «After Finitude» (Después de la finitud), publicada en 2006, no sólo lo lanzó a la fama intelectual, sino que abrió una grieta en una de las tradiciones filosóficas más sólidas de los últimos dos siglos: el correlacionismo.

 

¿Qué es el correlacionismo? En palabras simples, es la idea de que nunca podemos conocer las cosas tal como son en sí mismas, independientemente de nuestra mente. Sólo conocemos la relación entre el pensamiento y el ser, nunca el ser sólo. Meillassoux lo explica con claridad:

 

El correlacionismo restringe la filosofía al estudio del correlato humano-mundo, descartando preguntas sobre la naturaleza del ser.

 

Para él, esto es un error, una especie de jaula teórica que ha limitado durante demasiado tiempo lo que la filosofía puede decir sobre el mundo real.

 

Frente a esto, Meillassoux propone algo audaz: la posibilidad de acceder a un conocimiento de los objetos y del ser tal como existen independientemente de la percepción humana. No se trata de un realismo ingenuo, sino de un realismo especulativo que se atreve a pensar más allá de la correlación. Y aquí viene lo más interesante: este movimiento no sólo afecta a la ciencia o a la metafísica, sino también a temas como la muerte, el duelo, la justicia y, por supuesto, la existencia de Dios.

 

Meillassoux es, además, una figura central del movimiento conocido como realismo especulativo, que surgió en 2007 en un taller de la Universidad de Goldsmiths. Junto a pensadores como Graham Harman o Ray Brassier, Meillassoux busca devolver a la filosofía la capacidad de hablar del mundo sin reducirlo siempre a la experiencia humana. Como señala el texto que estamos usando:

 

El realismo especulativo busca reintroducir la ontología realista y explorar las posibilidades del conocimiento y la existencia más allá de la percepción humana.

 

Pero Meillassoux no se queda sólo en la teoría del conocimiento. También se atreve con preguntas que muchos filósofos consideran incómodas o incluso imposibles: ¿podemos saber algo de lo que existía antes de que hubiera humanos? ¿Podemos pensar un Dios que no sea ni el de la religión tradicional ni el simple silencio del ateísmo? En su obra *The Divine Inexistence* (La divina inexistencia), Meillassoux aborda de frente el problema del mal y la posibilidad de un Dios venidero. Como dice el texto:

 

Meillassoux desafía los argumentos teológicos tradicionales al cuestionar la compatibilidad de la existencia de Dios con la existencia del sufrimiento en el mundo.

 

Precisamente aquí es donde conectamos con el texto que vamos a resumir: «Spectral Dilemma» (El dilema del fantasma). En este artículo, Meillassoux aplica su maquinaria especulativa a un problema muy concreto y muy humano: ¿cómo podemos vivir en paz con la memoria de aquellos que murieron de forma horrible, injusta, anticipada? ¿Cómo hacer el duelo por los que se convirtieron en fantasmas  porque su muerte fue tan terrible que no podemos aceptarla? Y lo más importante: ¿es posible una esperanza para ellos sin caer en las trampas de la religión tradicional o en el vacío del ateísmo?

 

Meillassoux, fiel a su estilo, no ofrece respuestas fáciles. Pero sí ofrece una salida insólita: quizá la solución no sea elegir entre Dios existe o Dios no existe, sino pensar que Dios aún no existe, pero puede llegar. Una idea que, como veremos, sólo tiene sentido si aceptamos que las leyes de la naturaleza no son eternas ni necesarias, sino profundamente contingentes. Y para llegar ahí, Meillassoux nos obliga a repensar nada menos que el tiempo, la causalidad y los límites de la razón. En las páginas que siguen, te guiaré paso a paso por este laberinto fascinante. No te preocupes si algunas ideas te parecen extrañas al principio. Meillassoux es así. Cuanto más raro parece su pensamiento, más cerca está de algo verdaderamente nuevo.

 

 

Un análisis de la propuesta de Quentin Meillassoux

 

Cuando alguien muere de manera horrible, injusta o anticipada, no sólo se acaba su vida. Algo se rompe también en los que quedan. Pero, ¿qué pasa cuando esa muerte es tan brutal que no podemos procesarla? ¿Qué ocurre cuando el dolor es tan inmenso que ni el tiempo ni los rituales de duelo logran calmar la herida? Esa es la pregunta de la que parte Quentin Meillassoux en su texto «Spectral Dilemma» // Collapse IV: Concept-Horror. L.: Urbanomic, 2009. (El dilema del fantasma). Y lo que propone es tan inquietante como audaz: la única forma de hacer un duelo verdadero por esas muertes terribles sería la posibilidad de que los muertos vuelvan a tener una oportunidad, una vida distinta a la que les fue arrancada. Pero para eso, dice Meillassoux, necesitaríamos a un Dios que aún no existe.

 

En este artículo voy a explicarte paso a paso las ideas principales de este filósofo francés, sin tecnicismos innecesarios, y manteniendo siempre el hilo de su razonamiento. Al final, te dejaré una conclusión sencilla y clara. Prepárate, porque lo que viene es un viaje entre la angustia, la razón y una esperanza muy extraña.

 

 

 

¿Qué es un fantasma según Meillassoux? El origen del dilema

 

Para entender el dilema, primero hay que entender qué es un fantasma. Meillassoux no habla de apariciones en películas de terror, sino de algo mucho más real y doloroso. Él dice: un fantasma no es cualquier muerto. Es un muerto al que no pudimos llorar como se debe. Cito directamente del texto:

 

Un fantasma es un muerto cuya muerte es tal que no podemos llorarla

 

Esto es clave. Cuando una persona muere de vieja, rodeada de su familia, o incluso en una guerra pero con un sentido de sacrificio, podemos hacer el duelo. Lloramos, recordamos, y poco a poco aprendemos a vivir con su ausencia. Pero cuando la muerte es asquerosa, injusta, cuando muere un niño, o cuando alguien muere sabiendo que sus hijos correrán la misma suerte... entonces el duelo se vuelve imposible. Esa muerte no cierra nada. No tiene sentido. No se puede aceptar.

 

Meillassoux llama a estos muertos "fantasmas por excelencia". Son los que no se van. No descansan en paz. Y los vivos tampoco pueden descansar con ellos. Escucharlos, dice el autor, puede arruinarnos la vida. Pero ignorarlos también.

 

Entonces, la pregunta es: ¿se puede hacer un duelo verdadero por esos fantasmas? ¿Se puede vivir tranquilo sabiendo que hubo personas que murieron así? La respuesta, según Meillassoux, depende de algo muy grande: de si existe o no una justicia más allá de esta vida.

 

 

El dilema: ateísmo o religión, ambas llevan al desastre

 

Meillassoux plantea el problema de forma muy clara. Para poder hacer un duelo auténtico por los fantasmas, necesitaríamos poder pensar que, de algún modo, ellos pueden tener un destino distinto a esa muerte horrible. Es decir, necesitaríamos alguna forma de justicia o de nueva oportunidad después de la muerte. Eso es lo que él llama la condición religiosa del duelo: tener esperanza para los muertos.

 

Pero, por otro lado, también está la condición atea: si existe un Dios que permitió esas muertes terribles, ¿cómo podríamos confiar en él? ¿Cómo amar a un ser que pudo evitarlas y no lo hizo? Eso sería un Dios monstruoso, perverso. Meillassoux lo dice con crudeza:

 

Si Dios existe, la suerte de los muertos empeora infinitamente: la muerte corporal se duplica con una muerte espiritual.

 

¿Qué significa esto? Que si Dios existe y es todopoderoso, entonces no sólo tenemos que soportar la muerte de los inocentes, sino que además ese Dios nos pide que lo amemos por haber permitido ese sufrimiento. Eso, para Meillassoux, es un infierno peor que la nada.

 

Entonces estamos ante una trampa:

 

       Si Dios no existe, no hay esperanza para los muertos. El duelo es imposible. La vida es absurda.

       Si Dios existe, ese Dios es un monstruo. Y vivir bajo su poder es un horror.

 

Eso es el dilema del fantasma: una elección entre dos desesperaciones. El ateo se desespera porque no hay justicia. El creyente se desespera porque el Dios que existe es injusto. No hay salida.

 

 

 

La idea revolucionaria: Dios aún no existe

 

Frente a este callejón sin salida, Meillassoux propone algo que suena muy extraño pero es profundamente interesante. Dice: ¿y si la salida no es elegir entre "Dios existe" o "Dios no existe"? ¿Y si pensamos que Dios aún no existe? Es decir, que Dios no es una realidad presente ni una ausencia eterna, sino una posibilidad futura.

 

Esta frase: "Dios aún no existe", tiene dos sentidos:

 

1. No existe actualmente: no hay un ser todopoderoso y bueno gobernando el mundo ahora.

2. Pero puede llegar a existir: el futuro guarda la posibilidad de que surja un Dios, uno que no tenga la culpa de las desgracias pasadas porque simplemente aún no era.

 

Esto rompe por completo el dilema. Porque si Dios puede surgir en el futuro, entonces podemos esperar que los muertos tengan una nueva oportunidad. Pero como aún no existe, no podemos culparlo por las muertes horribles del pasado. Un Dios que viene no es responsable de lo que ocurrió antes de su llegada.

 

Meillassoux llama a esto el tesis del no-ser divino o existencia divina contingente. Y dice: para salir del dilema, tenemos que aprender a pensar un Dios que no es necesario ni eterno, sino posible y venidero.

 

 

 

El problema del tiempo: ¿puede realmente llegar Dios?

 

Ahora viene la parte más difícil, pero voy a explicarla con calma. Si Dios aún no existe, pero puede existir en el futuro, entonces necesitamos un tipo de tiempo que permita que algo completamente nuevo, incluso algo que contradiga las leyes de la naturaleza, pueda aparecer. Porque la resurrección de los muertos, o la justicia para los fantasmas, no puede ocurrir con las leyes actuales del mundo. Las leyes de la naturaleza no resucitan cadáveres. Al menos no ahora.

 

Meillassoux rechaza dos soluciones falsas:

 

       La solución prometeica: pensar que los humanos, con la ciencia y la tecnología, algún día podremos vencer la muerte. Para él, eso es una fantasía. No hay ley natural conocida o por conocer que pueda traer de vuelta a los muertos de forma justa.

       La solución providencialista: pensar que ya existe una ley oculta que poco a poco va divinizando el mundo. Eso, dice Meillassoux, es sólo otra forma de religión disfrazada.

 

Entonces, ¿qué queda? Queda aceptar que si Dios puede venir, no es por ninguna ley. No hay garantías. No hay un plan secreto. Dios puede llegar, o no. Y eso es precisamente lo que Meillassoux considera valioso: la contingencia absoluta.

 

 

 

El giro radical: Hume, el caos y la contingencia de las leyes

 

Para entender cómo es posible que Dios llegue sin violar la razón, Meillassoux recurre al filósofo David Hume. Hume demostró hace siglos que no podemos probar racionalmente que las leyes de la naturaleza sean necesarias. Podemos observar que hoy funcionan, y que han funcionado en el pasado, pero no hay ninguna contradicción lógica en pensar que mañana dejen de funcionar. Que el fuejo deje de quemar. Que los muertos vuelvan a la vida.

 

Esa posibilidad, aunque remota, es lógicamente posible. Y Meillassoux dice: si es posible, ¿por qué no tomarla en serio? ¿Por qué no pensar que el mundo es radicalmente contingente? Es decir, que no hay una razón última por la que las cosas son como son. Las leyes podrían cambiar sin causa, en cualquier momento.

 

Eso no significa que vayan a cambiar. Significa que *pueden* cambiar. Y esa posibilidad, por pequeña que sea, abre la puerta a que algo como un Dios surja sin contradecir la razón. Porque si las leyes no son necesarias, entonces nada impide que ocurra un milagro. No un milagro ordenado por un Dios ya existente, sino un milagro producto de la pura contingencia del mundo.

 

Meillassoux es consciente de que esto suena loco. Pero responde con un argumento muy fuerte: si creemos que las leyes son necesarias, eso es sólo un hábito, no una verdad racional. Y los hábitos, aunque útiles para la vida cotidiana, no son argumentos filosóficos.

 

¿Por qué no absolutizar el fracaso del principio de razón suficiente, suponiendo que la ausencia de fundamento de las leyes... significa la capacidad del pensamiento de captar intuitivamente en lo real mismo la ausencia efectiva de causa de las cosas y de las leyes?

 

En otras palabras: la razón nos permite pensar el caos, el cambio absoluto. No hay ninguna obligación racional de creer que las leyes actuales durarán siempre.

 

 

 

¿Y entonces qué clase de Dios puede venir?

 

Meillassoux no da una respuesta definitiva en este texto. De hecho, dice que haría falta una nueva disciplina, a la que llama divinología, para pensar en serio este Dios futuro. Pero sí esboza algunas pistas.

 

Este Dios que puede venir:

 

       No es responsable del mal pasado.

       Puede ofrecer a los muertos algo distinto a su muerte.

       No es necesario, sino contingente: puede llegar o no.

       No está garantizado por ninguna ley ni por ningún progreso humano.

       Es completamente imprevisible, como el mismo caos del que surgiría.

 

Meillassoux sugiere que este Dios podría ser personal, o podría ser una armonía entre vivos, muertos y resucitados. Pero no lo decide aquí. Lo importante es que, por primera vez, el ateísmo y la religión dejan de ser las únicas opciones. Hay una tercera vía: la esperanza sin garantías.

 

 

 

Críticas implícitas y preguntas abiertas

 

Aunque Meillassoux no las desarrolla en este texto, se pueden imaginar varias objeciones a su propuesta. La más obvia es: ¿para qué sirve una esperanza que no tiene ninguna base real? Si Dios puede venir o no, si todo puede cambiar sin causa, entonces también puede que nunca cambie nada. ¿No es eso lo mismo que resignarse?

 

El autor respondería probablemente que no es lo mismo. Porque la resignación ateísta cree que no hay posibilidad. La esperanza contingente sabe que la posibilidad existe, aunque sea mínima. Y esa diferencia es suficiente para cambiar la forma en que vivimos y lloramos.

 

Otra objeción: ¿no es esto simplemente un salto de fe disfrazado de filosofía? Meillassoux insistiría en que no, porque su punto de partida no es la fe, sino la razón que descubre que las leyes no son necesarias. Es una cuestión de lógica, no de creencia.

 

Y finalmente, ¿qué pasa con los fantasmas? Si no llega ese Dios, seguirán sin duelo. Pero al menos, dice Meillassoux, sabemos que la puerta no está cerrada del todo. Y eso, para quienes han sufrido pérdidas atroces, puede marcar la diferencia entre una vida inhabitable y una vida que, aunque dolorosa, mantiene una pequeña rendija abierta.

 

 

 

Conclusión: una esperanza extraña pero valiente

 

Vamos a terminar con algo muy sencillo. Quentin Meillassoux nos dice lo siguiente:

 

       Hay muertes tan horribles que no podemos llorarlas bien. Esas personas se convierten en fantasmas para nosotros.

       Para poder vivir en paz con esos fantasmas, necesitaríamos creer que ellos pueden tener otra oportunidad después de la muerte.

       Pero el Dios de las religiones es monstruoso porque permitió esas muertes. Y el ateísmo no da ninguna esperanza.

       La única salida es pensar que Dios aún no existe, pero puede existir en el futuro.

       Eso es posible si aceptamos que las leyes de la naturaleza no son necesarias, sino contingentes. Pueden cambiar sin causa.

       Esta esperanza no tiene garantías. Es una posibilidad lógica, nada más. Pero es suficiente para no caer en la desesperación total.

 

En resumen, Meillassoux no nos ofrece consuelo fácil. Nos ofrece una esperanza frágil, rara, casi imposible. Pero nos dice que esa esperanza, por pequeña que sea, es la única que respeta tanto el horror de las muertes injustas como la fuerza de la razón. Y quizá, sólo quizá, con esa esperanza podamos aprender a vivir con los fantasmas sin convertirnos nosotros mismos en sombras.

 

 

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