Del caos al centro: cómo ser feliz en un mundo inestable

  



 

Introducción: ¿Qué es la felicidad, realmente?

 

Todos buscamos la felicidad. La perseguimos como si fuera un destino final, una recompensa por haber vivido “bien”. Sin embargo, cuando se nos pide definirla, caemos en descripciones externas: “ser feliz es tener una familia amorosa”, “es viajar”, “es tener dinero”, “es que los hijos estén sanos”, “es tener un marido que me escuche”.

 

Estas imágenes tan comunes como las escenas de un comercial de mayonesa nos revelan una verdad incómoda: confundimos la felicidad con la posesión, el consumo y la aprobación externa. Pero ¿y si la felicidad no depende de lo que tenemos, sino de quiénes somos? ¿Y si no es un estado que alcanzamos, sino una energía que cultivamos desde dentro?

 

 

1. ¿Qué es la felicidad en Occidente?

 

En Occidente, la felicidad se entiende como un logro externo:

 

       Tener una casa bonita.

       Estar en pareja.

       Tener hijos sanos.

       Viajar a destinos exóticos.

       Recibir amor, atención, admiración, etc., etc., etc.…

 

Es una felicidad que depende de otros y de las circunstancias. Si el marido se va, si el niño se enferma, si el dinero desaparece… la felicidad se esfuma. Esta visión está profundamente moldeada por la publicidad, el consumismo y los “mitos sociales”: la familia perfecta, el cuerpo ideal, el éxito profesional. Pero hay un problema: esta felicidad es efímera. Dura lo que un vaso de cerveza, un postre, un viaje de vacaciones. Después, vuelve el vacío.

 

Y peor aún: vivimos en un estado constante de miedo a perderla. Por eso decimos: “la felicidad ama el silencio”, porque tememos espantarla al nombrarla. En el fondo, esta felicidad no es felicidad: es miedo disfrazado de deseo.

 

 

2. ¿Qué es la felicidad en Oriente?

 

En contraste, la visión oriental presente en el budismo, taoísmo y confucianismo,  propone que la verdadera felicidad nace del interior. No depende de tener, sino de ser. No se busca afuera, sino que se cultiva mediante la presencia, aceptación y transformación interna. El sabio oriental no busca controlar el mundo, sino armonizarse con él. Aquí, la felicidad no es estática como el “paraíso” occidental, sino dinámica: un fluir constante, un equilibrio en medio del cambio.

 

Sin embargo, esta idealización espiritual a menudo contrasta con la realidad cotidiana en muchas sociedades orientales tradicionales. Aunque los grandes sistemas filosóficos orientales invitan a la introspección y al crecimiento personal, en la práctica familiar muchas personas no buscan activamente esa transformación interna. Por el contrario, viven según las directrices impuestas por los mayores: la hija menor obedece sin cuestionar, la mujer asume un rol de abnegación, la madre se sacrifica sin límites. La armonía familiar se valora por encima de la autorrealización individual, y la “felicidad” se entiende más como cumplimiento del deber asignado sin presentar quejas que como expresión auténtica del ser.

 

Así, mientras los textos clásicos hablan de iluminación, desapego y sabiduría, la vida familiar en realidad suele girar en torno a jerarquías rígidas, lealtades inquebrantables y roles predeterminados. La verdadera transformación interna, aquella que conduce a una felicidad estable y autónoma, queda muchas veces relegada a unos pocos, mientras la mayoría encuentra refugio, no en su propio centro, sino en la seguridad que permite pertenecer a un orden colectivo.

 

Como dice el dicho chino:

 

“El que busca la felicidad como un objeto, jamás la encontrará.”

【幸福不是物件,而是心境】, [xìngfú bú shì wùjiàn, ér shì xīnjìng].

 

La felicidad oriental no es posesión, sino liberación: del miedo, del apego, del ego. Y en esa libertad, aparece la energía, la calma y la alegría duradera.

 

 

3. ¿Felicidad es igual a energía? ¿De dónde tomar energía?

 

Sí, antes que nada, la felicidad es igual a energía. No es una emoción pasajera, ni un estado que dependa de que “todo vaya bien”. La verdadera felicidad es esa sensación profunda de estar vivo, presente y capaz, es una plenitud que nace cuando nuestro sistema interno está cargado: mental, emocional y espiritualmente. Pero la mayoría de las personas viven en déficit energético. ¿Por qué? Porque gastan su energía en lo que no depende de ellas:

 

       En la ansiedad por el futuro: “¿Y si me dejan? ¿Y si pierdo el trabajo? ¿Y si a mi hijo le pasa algo?”

       En la frustración por el pasado: “Debería haber hecho esto… No debí decir aquello…”

       En intentar controlar a los demás: al marido para que gane más, a los hijos para que estudien, al jefe para que me valore.

       En consumir compulsivamente, sea comida, sexo, redes sociales, relaciones, como si eso pudiera llenar un vacío que, en realidad, es interno.

 

Y aquí está el error fundamental: creer que la energía viene de afuera.

 

       Que el marido la dará con sus atenciones.

       Que el hijo la traerá con su obediencia.

       Que el viaje, la fiesta o el like en Instagram la repondrán.

 

Pero eso no es energía: es una descarga momentánea, como el pico de glicemia que se presenta después de la ingesta de una buena dosis de azúcar blanco y luego vuelve bajar a los niveles incluso más bajos que anteriores. Podemos afirmarlo con cierta crudeza: “Al terminar la botella de cerveza, se acabó la felicidad. Tengo que salir corriendo a buscar una nueva”.

 

La verdadera energía no se extrae, la verdadera energía se genera desde adentro.

 

Surge cuando:

 

       Dejamos de ser “gusanos aplastados” por las circunstancias, dejamos de ser esas personas que se quejan de todo, que viven como víctimas del destino, del clima, del marido, de la economía— y empezamos a actuar desde la responsabilidad.

 

       Nos colocamos en el centro de la rueda, no en el borde. Imagina una rueda que gira: quienes están en la periferia son sacudidos violentamente por cada bache de la vida, es decir, por un problema, una crítica, un imprevisto. Pero en el centro hay calma. Allí, uno no depende de que el mundo sea perfecto para sentirse en paz. Eso se llama estar en el “ojo de huracán”.

       Actuamos desde la conciencia, no desde el instinto animal. Los instintos nos dicen: “¡come más!”, “¡domina!”, “¡posee!”, “¡exige que te amen!”. La conciencia nos dice: “elige con claridad, actúa con propósito, sé tú quien da, no quien exige”.

 

       Transformamos nuestros patrones: dejamos de esperar que otros nos salven, dejas de culpar al mundo por tu infelicidad, y te haces cargo de tu estado interno.

 

Cuando esto ocurre, cuando ya no necesitas extraer energía de tu esposo, de tus hijos, de tu jefe o de un viaje, algo extraordinario sucede: te conviertes en una “máquina de producir energía”. Ya no eres un pozo seco que pide constantemente que llegue la lluvia; ya eres tú una fuente que fluye.

 

Y entonces, incluso en medio del caos, en los momentos desesperantes y crudos cuando el niño se enferma, cuando el marido se va, cuando el dinero escasea, cuando algún familiar se enferma y se nos va, sigue habiendo paz.

 

Porque tu felicidad ya no está en lo que tienes… sino en quién eres.

 

 

4. ¿Cómo salir del flujo de infortunios?

 

Vivimos atrapados en lo que podríamos llamar un “flujo constante de infortunios”: un ciclo repetitivo de frustraciones, miedos, expectativas incumplidas y desgaste emocional por todo lo que podríamos no poder conservar. Un día parece que todo va bien: recibes un mensaje positivo, te compras algo, el niño duerme y no se enferma, el marido sonríe, y al instante siguiente: una discusión que surge aparentemente por nada, una separación inesperada, un malentendido, una enfermedad... y el “sueño” se desvanece.

 

¿Por qué ocurre esto? Porque confundimos la felicidad con la ausencia de problemas. Creemos que seremos felices cuando todo esté en su lugar: el marido, los hijos, el dinero, la salud, el amor. Pero la vida no es estática, la vida es movimiento, cambio, caos. Y mientras nuestra felicidad dependa de que “todo siga igual”, estaremos condenados a la zozobra.

 

Vivimos en un flujo de infortunios porque nuestra felicidad depende de circunstancias que cambian constantemente. Si el marido se va, si el niño se enferma, si el dinero desaparece… la felicidad se esfuma. Y entonces, ¿qué nos queda? Nada. Pero hay una salida. No se trata de evitar los infortunios, ya que eso es imposible, sino de cambiar el punto desde el que vivimos.

 

 

Deja de buscar garantías externas

 

El primer paso es aceptar que nadie ni nada garantiza tu felicidad: ni tu pareja, ni tu trabajo, ni tus hijos, ni siquiera tu salud. La vida no te debe nada. Y cuanto antes lo entiendas, antes dejarás de vivir como una víctima del destino y empezarás a actuar desde la responsabilidad.

 

“Mi mañana no depende de lo que pasó ayer, ni de lo que deseo que ocurra mañana. Mi mañana depende de lo que hago hoy.”

 

 

Sal del serial turco de tus emociones

 

Gran parte del sufrimiento no viene de los hechos, sino de cómo los interpretamos. Vemos una escena, donde por ejemplo, el marido no responde el teléfono, el hijo grita, no hay dinero, etc., y de inmediato la convertimos en una tragedia: “Nadie me ama”, “Todo va mal”, “Nunca saldré adelante”. Esta narrativa nos atrapa en un bucle de reactividad emocional, como si estuviéramos dentro de una telenovela turca: dramática, predecible,  agotadora y que nunca termina

 

La salida está en dejar de identificarte con la historia de la víctima y empezar a observarla con distancia. Pregúntate:

 

“¿Estoy reaccionando desde el instinto… o desde la conciencia?”

 

 

Actúa desde el presente, no desde el miedo

 

La mayoría vivimos en el futuro: con miedo a perder lo que tenemos, con ansiedad por lo que falta, con esperanza de que “algún día” todo mejorará. Pero el único momento real es hoy. Y en este momento, siempre hay algo que puedes hacer, por pequeño que sea.

 

       No digas: “Mañana empezaré”.

       Di: “Hoy elijo actuar desde la paz, no desde el miedo”.

 

Incluso si sólo puedes planchar una camisa, escribir una frase o respirar conscientemente durante un minuto: en ese gesto ya hay transformación. Porque eliges no ser un ‘gusano aplastado’ por las circunstancias, sino alguien que se sitúa en el centro de la rueda —donde, aunque todo gire alrededor, tú conservas la calma.

 

 

Conviértete en fuente, no en pozo

 

Mientras sigas esperando que otros te den amor, atención, seguridad o energía, seguirás vacío. Pero cuando empieces a generar tu propia energía desde dentro —a través del autocuidado, la claridad, la acción consciente y la aceptación—, dejarás de depender. Y entonces, incluso en medio del caos, sentirás una paz inquebrantable.

 

       Porque ya no buscas que el mundo te haga feliz.

       Tú eres quien hace al mundo digno de tu presencia.

 

Este enfoque no niega el sufrimiento, pero lo transforma. No promete un paraíso estático, que eso sí es una tumba, eso sí es una película “Día de la marmota” donde todos los días son iguales a los días anteriores, sino promete algo más dinámico, promete una vida viva, fluida, en movimientoy en paz, incluso cuando todo parece desmoronarse.

 

 

5. ¿Cómo ser feliz a pesar de los traumas y una vida terrible?

 

Muchas personas viven desde una historia de dolor: infancia difícil, traumas no resueltos, pérdidas, abusos, soledad, pobreza, relaciones destructivas. Y desde esa historia se convencen de que la felicidad no es para ellas.

 

“¿Cómo voy a ser feliz si me hicieron esto?”, “¿Cómo puedo sentir paz si mi vida ha sido un infierno?”, “No merezco ser feliz”.

 

Pero el mensaje radical y liberador que emerge de estos textos es el siguiente:

 

Incluso desde la depresión más profunda, desde el pánico, desde la ruina absoluta… es posible encontrar la felicidad.

 

Y no hablamos de una felicidad emocional efímera, sino de una decisión interior que nace cuando uno deja de identificarse con su sufrimiento.

 

De la situación más desesperada se puede salir… sólo con el alma. ¿Qué significa esto?

 

Significa que tu cuerpo puede estar agotado, tu mente paralizada por el miedo, tu pasado puede estar lleno de heridas… pero tu alma, que es tu verdadera esencia, sigue intacta. Y desde ahí, desde ese núcleo inquebrantable, puedes elegir otra narrativa.

 

En vez de: “Soy una víctima de lo que me pasó”, puedes decir: “Estoy en proceso de transformación. Lo que me pasó me marcó, pero no me define”.

 

Y lo más importante: no necesitas esperar a ‘sanar por completo’ para empezar a ser feliz. La felicidad no es el premio al final del camino; es el combustible que te permite caminar.

 

 

¿Cómo hacerlo en la práctica?

 

       Reconoce que el sufrimiento no es tu identidad.

 

Puedes haber vivido el horror, pero eso no significa que seas el horror. Tú eres quien observa el dolor, quien decide no alimentarlo con más rumiación.

 

       Haz algo pequeño, desde la nueva identidad.

 

Aunque sea planchar una camisa, escribir una frase, caminar cinco minutos en silencio. Pero hazlo no desde la queja, sino desde la intención de cuidarte.

 

       Celebra cada milímetro de superación.

 

No subestimes el valor de un sólo acto consciente en medio del caos. Ese gesto ya es transformación.

 

       Entiende que la verdadera salida no está en “cambiar el pasado”, sino en cambiar tu relación con él. No puedes borrar lo que ocurrió, pero sí puedes decidir que ya no te servirá como excusa para no vivir.

 

Y aquí está el giro esencial:

 

       La gente que logra ser feliz a pesar de todo no tiene una vida perfecta.

       Lo que tiene es una postura diferente: ya no espera que el mundo la compense, ni exige justicia para empezar a vivir.

       Ella misma se convierte en la fuente de su paz.

 

Porque, la felicidad no es lo que te pasa. Es la energía que generas desde dentro cuando eliges no ser una ‘gusano aplastado’ por las circunstancias. Incluso si todo a tu alrededor se desmorona…, incluso si el trauma sigue ahí, como una sombra…,

 

Así, puedes sentarte en el centro de la rueda, respirar, y decir:

 

“Hoy, desde donde estoy, elijo no sufrir además de lo que ya sufrí. Hoy, elijo ser feliz a pesar de… porque sé que soy más que mi historia.”

 

Y en ese instante minúsculo, silencioso, casi invisible, comienza la verdadera libertad.

 

 

6. ¿Cómo eliminar el descontento con la vida?

 

 

El descontento nace de:

 

       Compararnos (“ella tiene más que yo”).

       Vivir en el futuro (“seré feliz cuando…”).

       No aceptar lo que uno (a) es.

 

 

Para superarlo:

 

       Vive en el presente. Hoy es el único día real.

       Agradece lo que tienes: dos ojos, dos piernas, respirar.

       Deja de perseguir el “más”: más dinero, más amor, más likes.

       Entiende que el deseo insaciable es animal, no humano.

 

El sabio chino Laozi dijo:

 

El que sabe que tiene suficiente, es rico.”

【知足者富】, [zhī zú zhě fù].

 

 

 

7. ¿Cómo distinguir la ilusión de la felicidad real?

 

 

La felicidad ilusoria:

 

       Es pasajera (un orgasmo, un viaje, un cumplido).

       Depende de otros.

       Genera miedo a perderla.

       Te deja agotado después.

 

 

La felicidad real:

 

       Es estable, aunque el mundo cambie.

       Nace desde adentro.

       No requiere posesión.

       Te da energía, no te la quita.

 

Pregúntate:

 

“Si todo desapareciera… ¿seguiría sintiéndome en paz?”

 

Si la respuesta es sí: es la felicidad real.

Si es no: es una trampa del ego.

 

 

8. ¿Cómo despertar emocionalmente?

 

Despertar emocionalmente no significa sentir más, sino sentir con conciencia. La mayoría de las personas no viven sus emociones: las repiten, las mastican, y las dramatizan. Viven atrapadas en una “telaraña de espejos”, en una reflexión infinita de sí mismas, donde cada pensamiento rebota en otro, alimentando ansiedad, miedo o queja. La reflexión no es pensamiento. La reflexión es una telaraña. Es el reino de los espejos deformantes, una habitación de tristeza.

 

En ese estado, no hay presencia, no hay claridad. Sólo hay ruido interno: “¿Y si…? ¿Por qué…? ¿Cuándo…? ¿Qué dirán…?”. Eso no es vida. Es reacción automática pilotada por el instinto, miedo y dependencia emocional.

 

 

¿Qué es despertar, entonces?

 

       Despertar es salir del piloto automático emocional y empezar a observar, sin identificarte.

 

En vez de decir “soy una víctima”, dices: “siento que surge en mí la sensación de victimización”. En vez de gritar por impulso, te detienes un segundo y preguntas: “¿esto viene de mi instinto… o de mi conciencia?”. Cuando actúas desde el instinto, te arrepientes después: “¡Ups! Me pasé…”. Pero cuando actúas desde el centro del ser, desde la calma, eliges con claridad.

 

       Despertar es también dejar de buscar validación externa para sentirte bien.

 

Ya no necesitas que tu marido te escriba, que tus hijos te alaben o que el mundo te reconozca para sentir que vales. Porque comprendes una verdad liberadora: “Mi estado emocional no depende de lo que pase afuera…, depende de dónde me sitúo dentro de mí mismo.”

 

 

Cómo practicar este despertar

 

       Deja de masticar emociones

 

No revivas escenas del pasado. No anticipes catástrofes del futuro. La mente emocional no piensa: rumia. Y esa rumiación te vacía de energía.

 

       Actúa desde el presente, no desde la reactividad

 

Antes de responder a una ofensa, antes de exigir amor, antes de quejarte…, haz una pausa. Respira. Pregúntate: “¿esto me acerca a quién quiero ser… o me aleja?”

 

       Reconoce tus patrones

 

 ¿Buscas constantemente atención? ¿Te sientes abandonado si no te escriben? ¿Crees que sin pareja no puedes ser feliz? Esos no son “sentimientos profundos”: son programas emocionales aprendidos, a menudo desde la infancia. Y los programas… pueden reescribirse.

 

       Suelta la necesidad de controlar las emociones ajenas

 

Muchos creen que su felicidad depende de que otros “se comporten”. Pero al final, sólo controlas tu respuesta. Y en esa respuesta está tu libertad.

 

       El despertar emocional no es un estado de euforia.

       Es un estado de lucidez tranquila.

       Es la capacidad de sentir dolor… y no colapsar.

       De recibir amor… y no aferrarte.

       De vivir en medio del caos… y no perder el centro.

 

No se trata de no tener emociones. Se trata de no ser su esclavo de ellas. Y cuando dejas de ser esclavo de tus reacciones…, te conviertes en dueño de tu vida.

 

 

9. ¿Qué nos hará verdaderamente felices?

 

       La verdadera felicidad no depende de tener, sino de ser.

 

No nace de lo que el mundo te da, sino de lo que tú eres capaz de crear, transformar y sostener desde dentro. ¿Pero cómo llegamos a ese punto? No mediante la posesión, sino mediante la realización consciente. Aquí no se trata de acumular logros, sino de expandir tu energía interior.

 

 

Lo que verdaderamente nos hace felices:

 

       Estar en nuestro lugar

 

No en el que nos asignaron, sino en el que elegimos con claridad. Cuando sabes quién eres, qué quieres y por qué estás aquí, ya no necesitas que otros te validen.

 

       Tener orden interior

 

No necesitas un hogar perfecto si tu mente es caos. La verdadera paz comienza cuando dejas de ser un “gusano aplastado” por las circunstancias y empiezas a ordenar tu mundo interno: tus pensamientos, tus emociones, tus acciones.

 

       Desarrollarnos constantemente

 

La felicidad no es estática. Es el placer de aprender, de crecer, de entender algo nuevo. “Cuando leo un libro, no lo devoro. Lo saboreo. Y en ese saber, hay energía. Y en esa energía, hay felicidad.” El desarrollo no es un medio para ser felices: es la felicidad misma.

 

       Crear algo con sentido

 

No importa si es una obra de arte, una empresa, una relación sana o incluso una camisa bien planchada. Lo que importa es que lo hagas desde la conciencia, no desde la queja. Cuando creas, te conectas con algo mayor: con el flujo de la vida, con lo que el texto llama “el milagro cotidiano”.

 

       Superar nuestros límites

 

Cada vez que vences un miedo, rompes un hábito tóxico o eliges la calma sobre la reacción…, te haces más fuerte. La felicidad está en el camino, no al final. Está en el esfuerzo diario, en el milímetro de avance. Incluso algo tan simple como no comer por ansiedad es una victoria que llena de energía.

 

       Sentirnos parte de algo mayor

 

No necesitas pertenecer a una iglesia ni a un gurú. Puedes sentirte parte del cosmos, de la humanidad, de una misión personal. “Cuando dejas de vivir sólo para ti, cuando tu vida sirve para algo más, entonces… ya no estás sólo.”

 

       Tener paz interior, sin depender de las circunstancias

 

Imagine una rueda. En el borde, todo gira y sacude. En el centro, hay calma perfecta. La verdadera felicidad es situarte en ese centro, incluso cuando todo a tu alrededor se desmorona. Porque ya no vives para evitar el sufrimiento…, vives para expresar tu esencia.

 

 

La conclusión radical

 

La felicidad no es lo que consigues. Es lo que ya eres, cuando dejas de pedirle al mundo que te complete.

 

No necesitas más dinero, más likes, más amor, más viajes o más validación. Lo que necesitas es dejar de huir de ti mismo. Porque, aquel quien tiene paz dentro de sí, ya tiene todo. Y desde esa paz…, todo lo demás, que sean relaciones, recursos, oportunidades, llega por añadidura.

 

 

 

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