Reencarnación: El último examen para el alma

  

 



 

Introducción

 

Reencarnación (del latín reincarnatio, “nuevo encarnamiento”), también conocida como transmigración del alma, metempsicosis (del griego antiguo metempsychōsis, “traslado del alma”) o, en el budismo, como punarbhava (“renacimiento”), es un conjunto de creencias filosóficas y religiosas según las cuales una esencia inmortal, también llamada alma, espíritu, chispa divina o “Yo verdadero”, se reencarna una y otra vez en distintos cuerpos. En cada vida, se forma una nueva personalidad en el mundo físico, pero cierta parte esencial del ser permanece intacta, viajando de cuerpo en cuerpo a lo largo de una cadena de existencias. Muchas tradiciones sostienen que este ciclo tiene un propósito evolutivo: el alma aprende, madura y se acerca progresivamente a su naturaleza más elevada.

 

La creencia en la Reencarnación no es un fenómeno moderno ni marginal. Es tan antigua como la humanidad misma. Pueblos indígenas de América, los esquimales, comunidades judías y numerosas culturas ancestrales han sostenido que el alma de un antepasado, a menudo un abuelo, regresa en el cuerpo de un recién nacido. Esta idea es central en religiones como el hinduismo, el budismo, el jainismo y el sijismo. En Occidente, filósofos como Pitágoras, Sócrates y, sobre todo, Platón la defendieron con convicción. Platón, en particular, veía la muerte no como un final, sino como una liberación del alma de las cadenas del cuerpo, permitiéndole retornar al reino de las Ideas puras, donde reside la verdad absoluta. Para él, el alma era inmortal y acumulaba sabiduría a través de múltiples vidas.

 

Incluso dentro del cristianismo primitivo, la Reencarnación tuvo adeptos influyentes. Padres de la Iglesia como Clemente de Alejandría, San Gregorio de Nisa, San Jerónimo e incluso San Agustín mostraron simpatía por esta doctrina. Pero fue Orígenes, uno de los teólogos más brillantes de los primeros siglos, quien la desarrolló con mayor profundidad, integrándola en una visión cósmica del alma en evolución. Sin embargo, en el siglo VI, el emperador Justiniano I consideró que esta enseñanza socavaba la autoridad del Estado: si las personas creían tener muchas vidas para corregir sus errores, ¿actuarían con suficiente urgencia moral en esta? Así, bajo presión política, convocó el Segundo Concilio de Constantinopla en el año 553, donde se condenó oficialmente el “origenismo” y se prohibió hablar de la Reencarnación como parte de la fe cristiana. Desde entonces, la idea de una sola vida seguida de juicio eterno se impuso en Occidente y no fue por revelación divina, sino por decisión imperial.

 

A pesar de ello, el interés por la vida después de la muerte nunca desapareció. Hoy en día, sigue siendo un tema de profunda reflexión, investigación y consuelo. Libros como Prueba del Cielo de Eben Alexander, Vida después de la vida de Raymond Moody, Conciencia más allá de la vida de Pim van Lommel, Viajes del alma de Michael Newton y Sobre la muerte y los moribundos de Elisabeth Kübler-Ross han abierto nuevamente el diálogo entre ciencia, experiencia cercana a la muerte y espiritualidad. Estas obras no sólo ofrecen testimonios conmovedores, sino también un puente entre lo racional y lo trascendente.

 

En Oriente, la visión de la muerte y el renacimiento ha mantenido una continuidad milenaria. En el budismo chino, aunque algunas escuelas como el Chan  (o Zen) priorizan la meditación sobre las especulaciones metafísicas, grandes maestros como Huineng (el Sexto Patriarca) afirmaban sin duda: “La naturaleza verdadera no nace ni muere; no viene ni va”. El taoísmo, por su parte, enseña que la muerte es un retorno natural al Dao, el flujo primordial del universo. El Zhuangzi  declara: “El nacimiento no es un comienzo, ni la muerte un fin. Existe un ser sin límites, una continuidad sin origen”. Incluso en el taoísmo se habla de los seis reinos del renacimiento, donde el alma asciende o desciende según su karma, hasta alcanzar la purificación total.

 

Finalmente, en el siglo XIX, Helena Blavatsky reintrodujo en Occidente una síntesis poderosa de estas antiguas enseñanzas a través de la Teosofía. Para ella, la Reencarnación no era un castigo, sino un proceso evolutivo sagrado. El alma, esencialmente pura y divina, se encarna repetidamente para desarrollar su potencial espiritual. Cada vida es como un “día” en el largo peregrinaje de un ser eterno. Lo que reencarna no es el cuerpo, ni las emociones, ni la mente con sus recuerdos, sino una esencia supraconsciente que, al encarnar, atrae viejos patrones kármicos para formar una nueva personalidad. Así, el alma aprovecha las lecciones de vidas pasadas aunque no las recuerde para superar obstáculos que antes no pudo resolver.

 

 

El último examen del alma

 

Imagina un examen. No uno cualquiera, sino el más importante, el último y único que realmente importa. Un examen del que no depende un título ni una carrera, sino tu eternidad. Ahora imagina que lo has presentado ya cientos, miles de veces… y que cada vez lo has suspendido. No porque no supieras las respuestas, sino porque ni siquiera sabías que estabas en el aula. Creías que era una sala de espera, un purgatorio, el umbral del cielo. Y lo más crucial que cada vez te borraba la memoria. Del examen, de tus errores, de todas tus vidas anteriores.

 

Precisamente esto, según Helena Blavatsky, es lo que ocurre con el alma en ese misterioso estado llamado Bardo que es el intervalo entre la muerte y un nuevo nacimiento. No es un simple tránsito, sino un laberinto cuidadosamente diseñado de ilusiones, tejido con nuestros propios miedos, deseos y esperanzas. Cada giro es una trampa. Las imágenes de seres queridos nos atraen hacia un sueño dulce de olvido. Las visiones aterradoras nos impulsan, en pánico, a buscar refugio en un nuevo nacimiento… en una nueva celda de la misma prisión.

 

Pero ¿y si te dijera que existe un mapa de este laberinto? ¿Una guía para el último examen del alma, transmitida en secreto durante milenios? A continuación, no sólo exploraremos ese mapa, sino que aprenderemos a usarlo. ¿Estás listo para descubrir cómo aprobar el examen que has estado suspendiendo toda tu eternidad?

 

Helena Blavatsky, quien tuvo acceso a las doctrinas esotéricas del Tíbet, Egipto y la India, no sólo habló de esto, sino también lanzó una advertencia al mundo. Afirmó que existen leyes cósmicas inquebrantables que rigen este proceso. Quien las ignora, se convierte en una pieza movida en un juego cuyas reglas no comprende.

 

Piensa un momento: ¿por qué los sueños más vívidos se desvanecen segundos después de despertar? ¿Por qué los destellos de intuición sobre vidas pasadas son tan difíciles de retener? ¿Por qué nacemos con miedos inexplicables, talentos innatos o atracción por ciertas personas? Blavatsky responde que no es genética, sino que son fragmentos de memoria que atraviesan el muro del olvido.

 

Pero… ¿quién construye ese muro? ¿A quién beneficia que espíritus inmortales creamos que somos simples mortales viviendo una única vida al azar? ¿Quién necesita un ejército de almas girando en la rueda del sufrimiento, sin jamás preguntarse: “¿Y si pudiera salir?”? La respuesta está en el mecanismo mismo del olvido.

 

 

La ilusión del Bardo se encuentra entre el miedo y el deseo

 

Tras la muerte, el alma se libera del cuerpo físico. Por un instante brevísimo, experimenta una claridad absoluta. Ve una luz pura, sin forma, sin nombre: es la luz de su propia naturaleza esencial, su chispa divina, su Atman. Este es el momento decisivo. Si en ese instante reconoce esa luz como su verdadero hogar y se funde con ella sin miedo, se libera para siempre. El ciclo termina. Ha logrado el nirvana, el moksha, la unión con lo Absoluto.

 

Pero la mayoría de las almas huyen de esa luz. Les parece demasiado intensa, impersonal, ajena. Durante toda la vida se han identificado con su nombre, su historia, sus amores y odios. Ante la disolución de ese “yo” pequeño, sienten pánico existencial. Y en ese instante de terror, eligen volver.

 

Así comienza la caída.

 

Primero, el alma es atraída por visiones familiares: seres queridos fallecidos, ángeles, figuras religiosas. Pero Blavatsky advierte: son ilusiones. Son proyecciones del propio subconsciente, hologramas creados por nuestras creencias más profundas. No son guías reales, sino trampas sutiles que nos alejan de la luz.

 

Luego, el alma entra en el Kamaloka que es el mundo astral de los deseos. Aquí no hay castigos divinos, sino un reflejo amplificado de nuestras emociones no resueltas. El avaro cuenta oro que se desvanece. El iracundo lucha contra demonios hechos de su propia rabia. El amante obsesivo persigue sombras. Es un purgatorio autoimpuesto, donde el alma se purga de sus pasiones más densas. Este proceso puede durar meses o siglos, según la fuerza de sus apegos.

 

Cuando el fuego de los deseos se apaga, el alma asciende al Devachán que es un “cielo” subjetivo, íntimo, creado enteramente por ella. Aquí vive sus sueños más puros: reencuentros con seres amados, triunfos artísticos, amor perfecto, paz infinita. Pero Blavatsky lo llama “narcótico espiritual”. Es un sueño tan placentero que el alma duerme durante siglos, desconectada de la realidad cósmica. No aprende, no evoluciona: sólo disfruta.

 

Y mientras duerme… le roban la memoria.

 

En el paso del Kamaloka al Devachán, ocurre la llamada “segunda muerte” que es una separación definitiva entre los aspectos inmortales del ser (el Manas superior, la intuición, la chispa divina) y los recuerdos biográficos de la vida recién terminada. Todos los detalles como los rostros, nombres, libros leídos, idiomas aprendidos, quedan atrapados en una envoltura astral que se desintegra con el tiempo. Sólo queda una esencia difusa, un aroma de experiencia, pero no la memoria en sí.

 

Así, cuando el karma positivo se agota y el Devachán se disuelve, el alma despierta… desorientada, vacía, con amnesia total. Vuelve a nacer como una hoja en blanco, arrastrando sólo tendencias kármicas inconscientes. Y el ciclo comienza de nuevo.

 

 

¿Quién administra este sistema?

 

Blavatsky no culpa a dioses crueles, sino a leyes impersonales. Las Lipikas o los “Señores del Karma”,  no juzgan. Son como contables cósmicos: registran cada pensamiento, palabra y acción en el Registro Ákashico. Tras la muerte, simplemente equilibran las cuentas. El Devachán no es una trampa maliciosa, sino la consecuencia natural de nuestros propios anhelos terrenales. Si en vida soñamos con el amor perfecto, el cielo nos lo dará… como ilusión.

 

Pero aquí está la clave: tú no eres tu personalidad. Esa identidad que son tu nombre, tu profesión, tus recuerdos, es una máscara temporal. Tu verdadero Yo es el actor eterno que interpreta miles de roles. El olvido ocurre porque la máscara se desintegra, pero el actor conserva la sabiduría… si logra conectar con ella.

 

Ese puente entre la personalidad y el Yo superior se llama Antahkarana. Se construye con práctica espiritual consciente: observación sin identificación, amor desapegado, servicio desinteresado. Cuanto más fuerte sea ese puente, más memoria conservará el alma al cruzar la muerte.

 

 

Cómo prepararte o el arte de desilusionarse

 

El primer paso hacia la libertad no es huir del mundo, sino dejar de idolatrarlo. Blavatsky llama a esto el “arte de la desilusión”: no como cinismo, sino como visión clara. Disfrutar de la vida sin aferrarse a ella. Amar sin posesión. Sufrir sin identificarse con el dolor. Cada vez que piensas “No puedo vivir sin esto”, estás construyendo tu futura cárcel en el Devachán. Cada apego es un ladrillo en las paredes de tu próxima prisión.

 

Por eso, los sabios recomiendan practicar la muerte en vida. Cada noche, pregúntate: “Si muriera hoy, ¿qué realmente importaría?” Esta reflexión no es morbosa, sino liberadora. Te ayuda a soltar lo efímero y centrarte en lo eterno.

 

 

El momento de la muerte es tu última oportunidad

 

Si no lograste plena iluminación en vida, aún hay esperanza. En los primeros instantes tras la muerte, todo depende de tu reacción ante la Luz Primordial.

 

       No analices,

       No temas,

       No busques rostros familiares,

       Simplemente reconoce: “Esto es mi verdadera naturaleza”. Y entrega tu ser a esa luz.

 

Si fallas y entras en visiones del Bardo, recuerda que todo es ilusión. Los ángeles y los demonios son proyecciones de tu mente. Mantén la conciencia de testigo: “Esto es miedo. Esto es deseo. Yo no soy esto”. Con esa claridad, puedes detener la caída y volver a orientarte hacia la luz.

 

 

Tú eres el eterno

 

Este conocimiento no es para asustar, sino para empoderar. No eres una víctima del destino. Eres un espíritu inmortal que ha olvidado su grandeza. Cada pérdida, cada enfermedad, cada despedida dolorosa puede convertirse en una oportunidad de recordar.

 

Si hoy acompañas a un ser querido en su partida, o si enfrentas tu propia fragilidad, recuerda: la muerte no es el fin, sino un umbral. Y tú, en lo más profundo, ya sabes cómo cruzarlo. No esperes al último aliento. Empieza hoy. Observa tus apegos. Suelta tus miedos. Ama sin condiciones. Cada acto de conciencia te acerca a ese instante en que, al fin, reconocerás la luz… y dirás: “¡Ah! ¡Ya estoy en casa!”.

 

Este texto está inspirado en las enseñanzas de Helena Blavatsky, especialmente en su obra fundamental “La doctrina secreta” (título original: The Secret Doctrine, The Synthesis of Science, Religion, and Philosophy).

 

 

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