Cuando el cuerpo se prepara para partir: una guía compasiva para quienes acompañan

  

 



 

Este texto está pensado especialmente para ti: familiar, cuidador o ser querido que está acompañando a una persona en fase terminal. Si estás leyendo estas líneas, es probable que estés transitando por uno de los momentos más intensos y significativos de la vida, cuando el acompañamiento de alguien a quien amas llega al final del camino. Aquí encontrarás orientación sobre los síntomas más comunes del final de la vida, cómo prepararte emocionalmente y, sobre todo, cómo comprender los cambios corporales que anuncian que el cuerpo se está preparando para partir.

 

Desde tiempos antiguos, la humanidad ha buscado señales que anuncien la llegada de la muerte. Los médicos griegos describían la facies hipocrática, así se denominaba un rostro demacrado, ojos hundidos y labios pálidos que anticipaban el final inminente. Hoy, aunque contamos con avances científicos extraordinarios, seguimos sintiéndonos desarmados ante la cercanía de la muerte de un ser querido. A menudo intuimos que algo está cambiando, pero rara vez nos sentimos verdaderamente preparados para lo que viene.

 

Y sin embargo, el cuerpo humano posee una sabiduría ancestral. En sus últimos días no se descompone caóticamente, sino que entra en un proceso ordenado, respetuoso y profundamente humano. Envía señales claras y no como alarmas de emergencia, sino como suaves indicaciones de que está listo para cerrar su ciclo. Reconocer estas señales no significa rendirse ni caer en el fatalismo; al contrario, es abrirnos a la posibilidad de acompañar con mayor comprensión, ternura y presencia.

 

Como médico, durante muchos años tuve el privilegio y responsabilidad de acompañar a pacientes y familias en este tránsito. Me tocó hablar con quienes partían, con quienes se quedaban, asistir a misas, conversar con sacerdotes, y reflexionar una y otra vez sobre los misterios de la vida y la muerte. Esas experiencias me enseñaron que en los últimos momentos lo más valioso no es hacer más, sino simplemente estar.

 

Por eso, en la portada de este artículo hemos elegido la obra «La Vida y la Muerte» del maestro Gustav Klimt. Pintada entre 1908 y 1916, esta obra simboliza el eterno diálogo entre la vida en plenitud y la muerte que observa desde la sombra. A la derecha, un grupo humano abrazado en colores cálidos y dorados representa todas las edades y estados del ser: niños dormidos, madres protectoras, amantes unidos, ancianos en introspección. A la izquierda, la figura solitaria de la Muerte, envuelta en un manto oscuro con símbolos funerarios, que espera con su cetro alzado, consciente de que tarde o temprano todos formarán parte de su reino. Entre ambos lados, se encuentra un vacío oscuro que los separa… por ahora.

 

Klimt no muestra confrontación, sino coexistencia. Y en esa tensión silenciosa reside una verdad profunda, así la vida se vive plenamente cuando reconocemos su finitud. Mi texto nace con ese espíritu, nace no para asustar, sino para iluminar; no para intervenir, sino para acompañar. Porque saber qué esperar puede ser el mayor acto de amor que ofrezcas a quien se despide.

 

 

¿Qué cambios ocurren en el cuerpo cuando se acerca la muerte?

 

El proceso de morir es único en cada persona, pero existen patrones comunes que reflejan cómo el organismo, con una inteligencia asombrosa, va redistribuyendo su energía hacia lo esencial. A continuación, describimos nueve categorías clave de cambios que pueden indicar que la vida se aproxima a su cierre natural.

 

 

1. Cambios en el apetito

 

Uno de los primeros signos es la disminución progresiva del hambre y la sed. No se trata de un capricho ni de depresión, sino de un mecanismo protector: el cuerpo deja de gastar energía en la digestión que es un proceso que consume hasta el 20% de la energía diaria,  para concentrarla en funciones vitales como el corazón y los pulmones.

 

El paciente puede rechazar alimentos sólidos, preferir líquidos o sopas muy diluidas, e incluso dejar de beber por completo. El hipotálamo, la región cerebral que regula el hambre y la sed, recibe señales de que los órganos vitales están debilitándose y responde reduciendo el deseo de comer. Intentar forzar la alimentación en esta etapa no solo es inútil, sino que puede causar malestar. Lo más valioso ya no es alimentar el cuerpo, sino nutrir el alma con palabras, recuerdos y presencia.

 

 

2. Alteraciones del sueño

 

El ritmo sueño-vigilia se invierte: la persona duerme durante el día y permanece despierta por la noche. Puede llegar a dormir 18 o incluso 20 horas al día. Esto no es letargo, sino una estrategia biológica: al dormir, el metabolismo se reduce en un 15%, permitiendo al cuerpo conservar cada gota de energía disponible.

 

La producción de melatonina (la hormona del sueño) y de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina disminuye drásticamente, lo que reduce la alerta y favorece estados prolongados de reposo. Es común que el paciente tenga dificultad para despertar o que parezca confundido al hacerlo. Estos no son signos de deterioro mental agudo, sino parte del proceso natural de “desconexión” del mundo exterior.

 

 

3. Cambios en la piel y la circulación

 

El cuerpo prioriza el flujo sanguíneo hacia el cerebro, el corazón y los pulmones. Como consecuencia, las extremidades, manos, pies, dedos, reciben menos sangre y se enfrían notablemente, incluso en ambientes cálidos. La piel puede adquirir un tono azulado o violáceo (cianosis), especialmente en las uñas, debido a la menor oxigenación de la sangre. En algunos casos, aparecen manchas violáceas en las piernas o brazos (llamadas livor mortis incipiente), indoloras al tacto, que reflejan la acumulación pasiva de sangre en los vasos periféricos. La piel también se vuelve más seca, especialmente alrededor de los labios y los ojos, ya que el organismo retiene líquidos para mantener hidratados los órganos internos.

 

 

4. Alteraciones respiratorias

 

La respiración se vuelve irregular. Puede aparecer el llamado patrón de Cheyne-Stokes que consta de ciclos de respiraciones profundas seguidas de pausas de varios segundos sin aliento. Esto ocurre porque el centro respiratorio en el tronco encefálico recibe señales confusas sobre los niveles de oxígeno y dióxido de carbono en la sangre.

 

También es común el “ronquido terminal” o “estertor de la muerte” que es un sonido gorgoteante causado por la acumulación de secreciones en las vías respiratorias que el paciente ya no puede expulsar. Aunque este sonido angustia a los familiares, rara vez molesta al moribundo. En cambio, sí ayuda humedecer sus labios con una esponja suave y aplicar bálsamo para prevenir la sequedad.

 

 

5. Cambios psíquicos y conductuales

 

El paciente pierde interés en actividades que antes disfrutaba. Le cuesta concentrarse en conversaciones, incluso sobre temas familiares. Puede olvidar eventos recientes, pero recordar con nitidez episodios de su infancia. Esto se debe a que el hipocampo, la parte del cerebro responsable de formar nuevos recuerdos, es una de las primeras áreas cerebrales en reducir su actividad para ahorrar energía.

 

También es frecuente el aislamiento social cuando la persona busca la soledad, habla menos y parece “ausente”. No es rechazo, sino una retirada interna necesaria. Su mente ya no necesita interactuar con el mundo externo; se prepara para el tránsito final.

 

 

6. Transformaciones en las extremidades

 

Las manos y pies pueden hincharse con un edema firme: al presionar la piel, queda una marca que tarda en desaparecer. Esto se debe a la insuficiencia cardíaca y al mal funcionamiento del sistema linfático.

 

Las uñas se vuelven más gruesas, amarillentas o se separan del lecho ungueal por falta de nutrientes. En casos avanzados, los dedos pueden redondearse en sus puntas, un signo conocido como “dedos en palillo de tambor” (clubbing), asociado a la hipoxia crónica.

 

Además, la fuerza muscular disminuye, el paciente tiene dificultad para sostener objetos, abrochar botones o levantar los brazos. Estos cambios reflejan la priorización energética del sistema nervioso central sobre la motricidad fina.

 

 

7. Alteraciones en la eliminación de líquidos y heces

 

La orina se vuelve escasa, oscura (amarillo intenso, naranja o marrón) y con olor fuerte, señal de que los riñones filtran menos y concentran toxinas. Esto no indica infección, sino una reducción funcional renal secundaria al bajo gasto cardíaco.

 

El intestino también se ralentiza, pueden aparecer estreñimiento severo o, paradójicamente, diarrea, debido a la pérdida de tono muscular. En fases muy avanzadas, es posible la incontinencia urinaria o fecal, no por pérdida de conciencia, sino por debilidad de los esfínteres. Ofrecer agua en esta etapa suele ser rechazado naturalmente, pues el cuerpo ya no puede procesar líquidos eficazmente.

 

 

8. Dificultades en la regulación de la temperatura

 

El paciente siente frío constante, incluso bajo mantas. Sin embargo, el tórax o la frente pueden sentirse cálidos. Esta distribución desigual ocurre porque el hipotálamo que es el—regulador térmico en el cerebro, redirige el calor hacia los órganos vitales.

 

Es común el sudor nocturno profuso, no relacionado con fiebre, sino con la incapacidad del cuerpo para mantener una temperatura estable. La piel puede volverse húmeda y pegajosa, especialmente en el cuello y el pecho.

 

 

9. Señales en los ojos

 

Los ojos ofrecen pistas profundas sobre el estado del sistema nervioso central. Una de las más significativas es la pérdida del reflejo pupilar. Las pupilas ya no se contraen ante la luz, o lo hacen de forma asimétrica o muy lenta. En la fase terminal, pueden quedar fijas, bien muy dilatadas o muy contraídas. Algunos cuidadores observan lo que se llama “pupilas flotantes” que se caracterizan por los movimientos lentos, erráticos o cambios de forma sin causa aparente, resultado de la descoordinación neurológica.

 

La esclerótica (parte blanca del ojo) puede amarillearse por acumulación de bilirrubina, indicando fallo hepático. La córnea pierde brillo y transparencia, tornándose opaca o grisácea, señal de deshidratación tisular y colapso metabólico.

 

La mirada suele volverse “ausente”, los ojos están abiertos, pero parecen mirar más allá, como si el alma ya hubiera comenzado su viaje. A veces, el paciente parece “mirar a través” de las personas, sin reconocerlas. Y, sorprendentemente, muchos familiares reportan una expresión de paz profunda en los ojos del ser querido en sus últimas horas que se manifiesta a través de una serenidad que trasciende el dolor físico.

 

 

Acompañar con amor, no con miedo

 

Estos nueve grupos de signos no son señales de fracaso médico, ni de abandono divino. Son manifestaciones de un proceso biológico antiguo, sabio y respetuoso cuando el cuerpo se despide con dignidad. Entenderlos libera a los familiares de la culpa (“¿Hice algo mal?”), del pánico (“¿Debo hacer algo urgente?”) y del impulso de intervenir donde ya no hay que intervenir. En su lugar, abre espacio para lo esencial: estar presente, hablar con ternura, tomar la mano, recordar juntos, decir “te amo” aunque ya no haya respuesta aparente.

 

Porque, aunque el cuerpo se apague, el oído y el corazón siguen abiertos hasta el último aliento.

 

Encuentra el valor de simplemente estar cerca.

 

Si notas alguno de estos signos en tu ser querido, no entres en pánico. Consulta con un equipo de cuidados paliativos. Ellos no buscan prolongar la vida a toda costa, sino asegurar que sus últimos días estén llenos de paz, respeto y amor.

 

La muerte no es el enemigo. El verdadero enemigo es la soledad en el momento de partir. Y tú, con tu presencia, ya estás derrotándolo.

 

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